
Sistema vestibular: aspectos clave y su intervención en autismo
El sistema vestibular es uno de los sistemas sensoriales menos conocidos, pero uno de los más influyentes en el desarrollo infantil. Interviene en el equilibrio, la postura, la regulación emocional y el nivel de alerta. En niños y niñas con Trastorno del Espectro del Autismo (TEA), las diferencias en el procesamiento vestibular pueden afectar significativamente a su participación en la vida diaria. Por ello, nuestra compañera Sofía Paredes, terapeuta ocupacional en Fundación ConecTEA, ha desarrollado este artículo para revisar más en profundidad y actualizar conocimientos, indicando las alteraciones de este sistema frecuentes en el TEA. Desde el enfoque de la Teoría de Integración Sensorial, desarrollada por A. Jean Ayres, entendemos que el cerebro debe ser capaz de recibir, organizar e interpretar la información sensorial para generar respuestas adaptativas (Ayres, 1972; Ayres, 2005). Cuando este proceso no funciona de manera eficiente, pueden aparecer dificultades en el comportamiento, el aprendizaje y la regulación emocional.
¿Qué es el procesamiento sensorial?
El procesamiento sensorial es el proceso neurobiológico mediante el cual el sistema nervioso central:
Recibe información del cuerpo y del entorno
La organiza e interpreta
Genera una respuesta adaptada
Es un proceso automático y constante que nos permite mantener la atención, regular nuestras emociones, movernos de forma organizada e interactuar con otras personas (Miller et al., 2007).

Modulación sensorial: el “control de volumen” del cerebro
Una vez se ha registrado el estímulo, el cerebro tiene que modular la información recibida. La modulación sensorial es la capacidad del sistema nervioso para regular la intensidad de los estímulos y producir una respuesta proporcional.
Cuando la modulación no es adecuada puede aparecer:
Hiperrespuesta sensorial (sobre respuesta)
Hiporrespuesta sensorial (baja respuesta)
En el caso del sistema vestibular, estas diferencias pueden manifestarse en forma de inseguridad gravitacional, aversión al movimiento o búsqueda intensa de movimiento (Blanche et al., 2012).

¿Qué es el sistema vestibular?
El sistema vestibular proporciona información sobre:
La orientación respecto a la gravedad
El movimiento de la cabeza
El equilibrio
La posición corporal
Sus receptores se encuentran en el oído interno y están formados por:
Canales semicirculares → Detectan movimientos angulares y rotatorios
Sáculo → Detecta movimientos lineales verticales
Utrículo → Detecta movimientos lineales horizontales
Este sistema está en estrecha relación con la visión y la propiocepción (Henn, 1988).

Funciones principales del sistema vestibular
Según el modelo de Integración Sensorial, el sistema vestibular es fundamental para:
Conciencia de la posición de la cabeza y el cuerpo respecto a la gravedad
Control postural y equilibrio
Estabilidad del campo visual
Tono muscular antigravitacional
Seguridad emocional y física
El sistema vestibular constituye una base fundamental para el desarrollo perceptivo-motor y, posteriormente, para el aprendizaje académico (Williams & Shellenberger, 1996).

Alteraciones vestibulares en el TEA
En niños y niñas con autismo es frecuente observar diferencias en la modulación vestibular. Estas pueden manifestarse de distintas formas:
Inseguridad gravitacional (alerta alta)
Se caracteriza por miedo o ansiedad intensa ante situaciones que implican cambios en la posición de la cabeza o pérdida de estabilidad respecto a la gravedad. El sistema vestibular interpreta el movimiento como amenazante, incluso cuando es seguro y cotidiano. La persona siente que pierde el control o que puede caerse, aunque objetivamente no exista peligro.
El sistema nervioso responde con un nivel de alerta elevado, activando una reacción defensiva ante estímulos gravitacionales.
Conductas frecuentes:
Evita levantar los pies del suelo
Ansiedad ante cambios posturales
Necesidad de control del espacio
Rechazo a columpios o superficies inestables

Aversión al movimiento (alerta alta)
Se caracteriza por malestar fisiológico o emocional ante movimientos que no son controlados por la propia persona, especialmente cuando implican cambios rápidos de dirección, velocidad o rotación. El sistema vestibular responde de forma intensa y el movimiento puede percibirse como desagradable o amenazante.
Conductas frecuentes:
Náuseas, mareo o vértigo ante determinados movimientos
Rechazo a juegos que impliquen balanceo, giros o saltos
Preferencia por actividades sedentarias
Necesidad de controlar el movimiento (quiere decidir cuándo empezar o parar)
Se muestra rígido o tenso cuando es movido por otra persona

Hiporresponsividad vestibular (alerta baja o búsqueda)
Se caracteriza por una baja sensibilidad al movimiento o por una necesidad elevada de estimulación vestibular para activarse. El sistema nervioso registra poca información vestibular y necesita más intensidad para alcanzar un nivel óptimo de alerta.
Conductas frecuentes:
Búsqueda constante de movimiento (correr, saltar, trepar)
Dificultad para permanecer sentado
Bajo nivel de alerta o aspecto letárgico en reposo
Pobre control postural
Baja extensión de tronco y escasa activación contra gravedad
Dificultades en coordinación bilateral
Problemas para mantener la estabilidad visual durante el movimiento
En estos casos, el movimiento no es “mala conducta”, sino una estrategia de autorregulación.

Intervención desde el Enfoque de Integración Sensorial de Ayres (ASI®)
El sistema vestibular tiene una influencia directa sobre el nivel de alerta, el tono muscular, el control postural y la regulación emocional; por ello, una intervención inadecuada puede provocar desorganización, aumento de la ansiedad o incluso respuestas fisiológicas adversas (mareo, náusea, shut down).
La intervención no consiste en “hacer que el niño se mueva más”, sino en proporcionar experiencias sensoriales estructuradas, significativas y ajustadas, que permitan al sistema nervioso organizar la información y generar respuestas adaptativas.
Principios generales de intervención
1. Regular primero el nivel de alerta
El sistema vestibular impacta directamente en la activación del sistema nervioso central. Antes de introducir movimiento, es fundamental valorar:
¿El niño está en alerta alta (ansioso, tenso, evitativo)?
¿Está en alerta baja (letárgico, desconectado)?
En alerta alta, puede ser necesario comenzar con estrategias de inhibición y organización, como presión profunda, trabajo propioceptivo o actividades estructuradas en suelo. En alerta baja, se pueden introducir propuestas que incrementen progresivamente la activación.
La regulación precede siempre al movimiento.
2. Combinar información vestibular y propioceptiva
El sistema vestibular y el sistema propioceptivo trabajan de forma integrada. La propiocepción aporta información de seguridad corporal y estabilidad articular. Por ello, es frecuente combinar:
Movimiento + presión profunda
Balanceo + arrastre o empuje
Columpio + descarga de peso
Movimiento angular + co-contracción muscular
Esta combinación mejora la modulación y reduce respuestas defensivas.
3. Progresión gradual del input
La intensidad, dirección, velocidad y duración del movimiento deben ajustarse cuidadosamente. Se suele progresar:
De movimientos lineales a angulares
De superficies estables a inestables
De movimiento autogenerado a movimiento facilitado por el adulto
De baja intensidad a mayor intensidad
La progresión depende siempre de la respuesta observada, no de una programación rígida.
4. Movimiento controlado y seguro
Especialmente en casos de inseguridad gravitacional o aversión al movimiento:
El niño debe anticipar lo que va a ocurrir
Debe poder parar cuando lo necesite
El entorno debe ser físicamente seguro
Se evita levantar los pies del suelo bruscamente
Se evita el movimiento rotatorio intenso en fases iniciales
El objetivo es generar sensación de control y confianza.
5. Respeto absoluto al estado emocional
La intervención en Integración Sensorial es relacional. No se fuerza el movimiento ni se expone al niño a experiencias que generen miedo. Cuando el sistema nervioso percibe amenaza, no hay aprendizaje posible.
El terapeuta observa:
Cambios en la respiración
Tensión muscular
Expresión facial
Cambios conductuales
Señales de sobrecarga
Ejemplos de estrategias terapéuticas
No todas las dificultades requieren “más movimiento”; en muchos casos, lo prioritario es regular el nivel de alerta y ofrecer experiencias organizadas y seguras.
En casos de inseguridad gravitacional, donde el movimiento genera miedo o ansiedad, la intervención se centra en proporcionar sensación de seguridad y control. Se comienza con movimientos lineales suaves, con apoyo de los pies en el suelo y en superficies estables. El balanceo antero-posterior controlado, el trabajo en cuadrupedia o las actividades con presión profunda ayudan a organizar la respuesta vestibular. Es importante evitar inicialmente los movimientos rotatorios, los cambios bruscos de altura o cualquier experiencia que pueda vivirse como impredecible.
Cuando existe aversión al movimiento, el objetivo es introducir el movimiento de forma progresiva y respetuosa, evitando provocar malestar fisiológico. Se priorizan los movimientos lineales, lentos y predecibles, permitiendo que el niño marque el ritmo. El balanceo suave, los deslizamientos controlados o los circuitos motores estructurados pueden favorecer una mayor tolerancia, siempre observando señales de sobrecarga como mareo, tensión o evitación.
En situaciones de hiporresponsividad vestibular, donde el niño busca constantemente movimiento o presenta bajo nivel de alerta, la intervención busca aumentar la activación y mejorar el control postural. Se pueden incorporar saltos, cambios de dirección, movimientos angulares controlados, trabajo contra gravedad o actividades de suspensión, combinadas siempre con información propioceptiva. Estas propuestas ayudan a mejorar la estabilidad proximal, la coordinación y la regulación del nivel de alerta.
En todos los casos, el objetivo no es estimular más, sino facilitar una respuesta adaptativa organizada: mejor control corporal, mayor regulación emocional y una participación más eficaz en las actividades diarias. La intervención vestibular debe estar guiada por profesionales formados, ya que una intensidad inadecuada puede generar desorganización en lugar de beneficio.

Sistema vestibular y aprendizaje
El sistema vestibular influye directamente en:
Atención
Coordinación ojo-mano
Control postural en la silla
Escritura
Organización motora
Cuando existe un buen procesamiento vestibular, el niño puede mantenerse en un nivel óptimo de alerta para aprender.

Conclusión
El sistema vestibular es una base fundamental para el desarrollo motor, emocional y cognitivo. En el autismo, comprender las diferencias en este sistema nos permite interpretar conductas desde una mirada regulatoria y no conductual.
No se trata de que el niño “no quiera”, sino de que su sistema nervioso está respondiendo de forma diferente.
Bibliografía
Ayres, A. J. (1972). Sensory Integration and Learning Disorders. Western Psychological Services.
Ayres, A. J. (2005). Sensory Integration and the Child. Western Psychological Services.
Blanche, E. I., Reinoso, G., Chang, M. C., & Bodison, S. (2012). Proprioceptive processing difficulties among children with autism spectrum disorders. American Journal of Occupational Therapy, 66(5), 621–624.
Henn, V. (1988). The vestibular system. In R. Held & H. W. Leibowitz (Eds.), Handbook of Sensory Physiology.
Miller, L. J., Anzalone, M. E., Lane, S. J., Cermak, S., & Osten, E. T. (2007). Concept evolution in sensory integration: A proposed nosology for diagnosis. American Journal of Occupational Therapy, 61(2), 135–140.
Williams, M. S., & Shellenberger, S. (1996). How Does Your Engine Run? A Leader’s Guide to the Alert Program for Self-Regulation.